Cuento: El Ojo del Dragón: La Traición Oculta

El Ojo del Dragón: La Traición Oculta


    Dante miró la joya en su mano. Su brillo hipnótico reflejaba las luces parpadeantes de la ciudad nocturna, pero lo que realmente le preocupaba no era su valor, sino el secreto que ocultaba. El Ojo del Dragón no era solo una reliquia, sino una clave para un antiguo sistema de códigos que, si caía en las manos equivocadas, podría desatar el caos.

Desde la azotea, Helena revisaba rápidamente un mapa digital en su tableta.

—Tienes menos de diez minutos antes de que Vázquez y su equipo refuercen la seguridad en toda la ciudad —dijo, su voz cargada de urgencia.

Dante respiró hondo. No había tiempo para dudas.

Saltó de un tejado al siguiente, moviéndose con agilidad entre los edificios de concreto, mientras helicópteros barrían las calles con luces intensas. Su objetivo era la vieja biblioteca oculta bajo la estación central, un lugar donde los documentos antiguos podrían revelar el verdadero propósito de la joya.

Pero cuando llegó, el lugar estaba en silencio. Demasiado silencio.

—Nos esperaban —murmuró Helena, frenando a un par de pasos de la entrada.

De pronto, las luces se encendieron, revelando una docena de soldados armados. En el centro, con una sonrisa calculadora, estaba Raúl Cervantes
, un exaliado convertido en enemigo.

—No esperaba que cayeras tan rápido en la trampa, Dante —dijo Cervantes, acariciando la empuñadura de su pistola—. Entrégame la joya. Sabes que no puedes escapar esta vez.

Dante apretó los dientes. Si Cervantes estaba aquí, significaba que alguien en su equipo había filtrado información. Pero ¿quién?

Con un movimiento rápido, Dante activó un pequeño dispositivo en su muñeca. Un destello cegador iluminó la habitación por un segundo, el tiempo suficiente para desarmar a dos guardias y abrirse paso hacia una salida lateral. Helena, siempre astuta, ya estaba extrayendo información de la red de seguridad.

Mientras corrían por un pasillo angosto, Dante miró a su compañera.

—Tenemos que descubrir quién nos traicionó —dijo—. Y cuando lo hagamos, El Ojo del Dragón debe estar lo más lejos posible de Vázquez y Cervantes.

Helena asintió. La misión acababa de tornarse mucho más peligrosa.

Tras varios minutos de evasión, lograron refugiarse en una bodega abandonada en el puerto. Dante activó un escáner de datos y empezó a revisar las transmisiones recientes dentro de su equipo. Allí estaba: una señal encriptada proveniente de su propio círculo.

—Lo sabía... —susurró Helena mientras los códigos revelaban un nombre.

Era Marco, su viejo amigo, alguien que había estado con ellos desde el principio. Pero ¿por qué habría traicionado la misión?

Antes de que pudieran procesarlo, un estruendo sacudió la bodega. Explosivos colocados en los muelles comenzaron a detonar. Cervantes no los dejaría escapar fácilmente.

—¡Muévete! —gritó Helena, empujando a Dante hacia una salida trasera.

Saltaron entre contenedores, esquivando los disparos de los soldados que habían rodeado el área. Dante se lanzó hacia una motocicleta abandonada y arrancó el motor. Helena saltó detrás de él mientras la bodega colapsaba en llamas.

—Vamos por Marco —dijo Dante, con el rostro endurecido—. Y esta vez, no habrá segundas oportunidades.

El Ojo del Dragón ardía en su bolsillo, pero la verdadera guerra apenas comenzaba.

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